Pese
a que el bullying suele sufrirse activamente durante la infancia o la
adolescencia, sus efectos pueden extenderse hasta la adultez como unos
tentáculos invisibles, y sus secuelas siguen haciendo mella en adultos que ya
peinan canas.
La expresión de que “el tiempo lo cura “, para aquellos que aún cargan con cicatrices emocionales no es del todo exacto y es que a veces sus consecuencias en la vida adulta son difíciles de borrar. A veces, simplemente uno encuentra la manera de enterrar esos fantasmas momentáneamente, pudiendo llevar una vida adulta más o menos funcional.
Entre los efectos nocivos más comunes se encuentran:
Baja
autoestima. Las personas que han sufrido bullying, se han visto inmersas en una
continua lluvia de insultos, burlas, agresiones y aislamiento social, generando
en el individuo que lo sufre una percepción distorsionada de uno mismo. Esas
continuas malas palabras y desaires, hacen que la persona crea que no vale
nada. Estas inseguridades cuando uno se hace adulto se proyectan en la vida
laboral, social y afectiva. Ahora se ha hecho más visible a través de las redes
sociales el llamado “síndrome del impostor”, pero sus efectos ya eran
conocedores para las personas que han sufrido de este tipo de abusos constantes
en la niñez o en la adolescencia. Este síndrome habla básicamente de que los
logros de uno mismo nunca son suficientes, que son un fraude.
Ansiedad,
estrés y depresión. El maltrato persistente -tanto físico como psicológico-
durante los años de formación de la identidad del individuo, puede crear una
predisposición durante la vida adulta para sufrir episodios de ansiedad, estrés
y depresión. En algunos casos, pueden darse conductas autodestructivas como
intentos de suicidio, abuso de sustancias o incluso trastornos alimenticios.
Por no decir que el hecho de haber sufrido este tipo de situaciones durante la
infancia o la adolescencia una vez de adultos, puede conllevar a problemas a la
hora de enfrentarse a determinadas situaciones de estrés o de conflicto.
Problemas
en las relaciones sociales. Otra de las consecuencias más habituales que se
suelen derivar del bullying en la vida adulta es la dificultad para establecer
relaciones sanas. El miedo a ser dañados de nuevo puede generar conductas de
evitación, que hacen mucho más complicado crear vínculos más profundos o
permitir conductas tóxicas por el miedo del abandono. Otra forma habitual de
relacionarse con los demás es estar en un estado constante de alerta y a la
defensiva ante el menor indicio de peligro. Y es que la seguridad en uno mismo
desaparece, así como la confianza en los demás de no herirnos.
El
bullying nos puede marcar de por vida si no se trata como es debido. Las
heridas físicas pueden sanar, pero las cicatrices invisibles pueden durar toda
una vida. Por ello, es fundamental cultivar la empatía en los demás, la
inteligencia emocional y el respeto en las diferencias, para tratar de prevenir
que otros sufran sus consecuencias devastadoras.
Según Freud, convertir un impulso inaceptable o socialmente inapropiado y transformarlo en una actividad aceptada o incluso admirada, es un mecanismo de defensa llamado sublimación.
En mi caso, esa sublimación la he logrado a través de la terapia y el arte. Sobre todo mediante el proceso creativo, pero para cada uno puede llevarle por un camino distinto.
Esto aunado a una buena red de apoyo (familia, amigos, pareja) es algo fundamental para poder seguir adelante.
Como
dijo Wiz Khalifa:
“El
pasado no puede ser cambiado, olvidado, editado o borrado. Sólo puede ser
aceptado”.
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